domingo, 7 de junio de 2009

Tras las Murallas

Joan Saint-Rene permanecía petrificado tras las murallas. Él pertenecía al lado de adentro. Escuchaba los repiqueteos de los tambores, los golpes de los arietes y los latidos de su corazón como un único parámetro para distinguir un segundo de otro. Tenía los ojos como dos pequeñas nueces, hundidos en el rostro, marrones y turbios por el temor. Su nariz era ancha, y se extendía para dejar paso al aire que sus agitados pulmones le requerían. Su cabeza era completamente redonda, por lo que, delante de la cota de malla podían verse dos cachetes enrojecidos, cubiertos de una capa de vello facial tupido pero corto. Por sobre la cabeza, tapando la cota de malla, un casco de cuero y con bordes de metal lo protegían. Por sobre el casco, un cielo oscuro por completo, con una luna apenas visible, con el canto de los grillos y el olor a la muerte aproximándose. El asedio a un castillo es así. Absolutamente lento. Los arqueros habían tomado posición desde la mañana temprano, y Joan, junto a sus compañeros caballeros, sus escuderos y sus pajes, aguardaban tras las piedras de los muros el momento indicado. Pero el enemigo era astuto. Los mantenía en vigilia desde la noche anterior en la que estableció el campamento, y no había atacado hasta el anochecer, para cuando ya habían empalidecido con el ruido furioso de los tambores. No habían atacado el campamento porque sabían más segura la posibilidad de defenderse murallas adentro. Ahora sólo les quedaba esperar. Un grito en un idioma extraño y un silbido fueron suficientes para que una lluvia de flechas cayera muros adentro, clavándose en columnas de madera, en el escudo de Joan y de otros, en los cuerpos de otros tantos. Y los arietes seguían golpeando, protegiendo a los invasores con un cuero tenso y duro, extremadamente liviano pero que los arqueros desde las torres no podían atravesar ni con el más certero de los disparos. Y el allí, esperando sin ver que ocurría ahí afuera, sacando una flecha de la rodilla de otro caballero. Viendo como apilaban cuerpos con flechas en el pecho, en los riñones, y hasta en los rostros. Pero el no podía vengar a nadie aún, no era el momento, la procesión marchaba lenta pero rigurosa; ora las flechas, ahora los arietes, luego las puertas de roble cederán y las espadas y los escudos, los mazos y las cabezas chocaran audiblemente hasta el fondo del castillo, donde mujeres y niños desearán que todo termine de una vez y llorarán asustados, tanto como los que están afuera, tanto como Joan Saint-Rene.

Pequeño y viejo texto, las cosas simples del mundo traspasan las fronteras de los géneros... El miedo que siempre existió nunca tuvo otra cara que la de la dilatación del tiempo...

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